miércoles, 11 de mayo de 2011
Facil de sentir.
Cuando necesito hablar, pero tengo los labios sellados. Cuando necesito sentir, pero tengo el corazón entre rejas. Cuando necesito imaginar, pero tengo los pies sobre el suelo. Cuando necesito ser yo... la necesito a ella: la ESCRITURA. Cuántas noches me habré levantado de la cama dando un brinco tan solo porque ella llamaba a mi puerta y venía cogida de la mano de la inspiración. Cuántas lágrimas me habrá hecho derramar y cuántas sonrisas habrá conseguido sacarme. Es tan única, tan valiosa, tan efímera, tan placentera, tan frágil... No todo el mundo la sabe entender, quizá, por eso sea tan especial. Esa sensación que sientes cuando tus pensamientos bajan desde allí arriba, donde se encuentran dispersos y revueltos, recorren tus labios y salen en voz baja en modo de sutiles palabras que buscan la aprobación de tus propios oídos, luego, se deslizan por el pecho, tocando fuerte en el corazón y haciéndolo latir cuando de verdad lo sientes, entonces lo plasmas en un folio en blanco, y tus yemas, cubiertas de energía y vitalidad, comienzan a escribir como si mañana se acabara el mundo, buscando la libertad total que sólo la escritura puede otorgarle al ser humano. Todo esto, puede aún mejorar con la aprobación de los demás. Escribo para mí, vale, pero cuando otra persona siente y entiende lo que intento expresar a través de palabras... esa sensación no se puede describir.
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