Que mueran todos los sueños que creamos. En fin, no volverán. Murieron tras las palabras secas y las lágrimas lamentadas que dejamos brotar. Tú, que un día fuiste quien paró mi llanto y dejó descansar mis recuerdos. Tú, que un día me enseñaste que el pesimismo no es más que una pesadilla de la que todos podemos despertar. Tú, que ahora me matas sin lamento alguno. Me lo merezco, lo sé. Pero no lo quiero. Observo cómo cada pequeña línea que dibujan tus ojos se endurecen al mirarme. Ya no te importa. Quizá nunca te importó. Aún así mi esperanza busca escusas para volver a sentir que estás ahí. Porque no puedo pensar que cada palabra que nos dirijamos pueda ser la última. Aunque algún día lo será. Los labios callarán y los dedos se cegarán. Las lágrimas saladas se convertirán en llanto con sabor a despedida. Ahora ya no queda nada. Quiero hacerlo. Créeme. Olvidarte o luchar. Difícil elección. Aunque sé lo que tú me aconsejarías: Olvidar. Juro que lo intentaré. Pero mientras lo haga, seguiré insistiendo. No quiero terminar esta guerra sin demostrarte que mis soldados no se rendirán hasta que el último haya muerto. Puede que caigan todos. Esto es una lucha cuerpo a cuerpo. Debes apuntar al corazón. Si en realidad todo a terminado, hazlo. Mátame sin piedad. Si es cierto que ya no te importa nada, no sientas pena por mí. Simplemente acaba conmigo. Te prometo que cuando resucite me marcharé a lo más hondo de tu mente. No seré más que otra mentira inventada, otro pesadilla que un cazasueños ha atrapado en el retrovisor de tu coche..

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